Camino a la ruina / Vicente Paradox
R.A.E.: “Ruina: 1. f. Acción de caer o destruirse algo; 2. f. Pérdida grande de los bienes de fortuna; 3. f. Destrozo, perdición, decadencia y caimiento de una persona, familia, comunidad o Estado”.

Número 5, Jackson Pollock (1948)
Hace un par de semanas el Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles (MOCA), uno de los más transgresores de EE.UU., anunció que está al borde de la quiebra por la falta de patrocinadores y por su creciente número de deudas. Los gastos anuales del museo ascienden a 15,7 millones de euros, eso sin contar el dinero destinado a invertir en arte, que este año ha sido de 5,5 millones, pero que no hace tanto tiempo superaba los 28,5 millones.
¿Cómo puede ser que un museo que gira en torno a los 20 millones de euros al año no tenga suficiente dinero para mantenerse a flote? Unas de las principales causas, a parte de un evidente fallo en la gestión, es la sobrevaloración que tienen las obras de arte. En el extremo más alto encontramos “Número 5” de Jackson Pollock (140 millones de dólares), “Adele Bloch-Bauer I” de Gustav Klimt (135 millones) y “Muchacho con pipa” de Pablo Picasso (104,5 millones), cuyo valor de venta, además de inmoral, es desproporcionadamente elevado. Evidentemente se trata de casos exagerados en los que la demencia del millonario comprador y el sistema de venta por subasta han inflado terriblemente su precio, pero se pueden encontrar centenares de cuadros que han sido vendidos por encima del millón de dólares.
Ahora mismo todo el proceso de adquisición y venta de obras se encuentra ya algo viciado por el simple hecho de que hace muchos años que la burbuja del arte está en marcha, pero intentaré poner un ejemplo que clarifique la espiral de gasto que significa pagar una suma importante por un cuadro cualquiera.
Pongamos que un pequeño museo, gracias a las donaciones de varios acaudalados filántropos, adquiere el cuadro “Las tres velas”, de Joaquín Sorolla, por 4,5 millones de dólares (precio que pagó un coleccionista privado hace unos meses por este mismo lienzo). Después de realizar semejante inversión por un solo cuadro, el museo se verá obligado, en primer lugar, a contratar un seguro para cubrirse las espaldas ante cualquier imprevisto. Para que la compañía de seguros esté más tranquila y no ponga muchas trabas, es bastante probable que ese pequeño museo opte por cambiar y mejorar su sistema de seguridad, adquiriendo alarmas más sofisticadas y aumentando la plantilla de vigilantes, con el consiguiente incremento de la cuenta de gastos.

Las tres velas, Joaquín Sorolla (1903)
Gracias a la compra de “Las tres velas” y a otras adquisiciones menores el museo empieza a recibir más visitantes. Poco a poco el número de turistas va creciendo tanto que la dirección de la pinacoteca considera necesario ampliar el recinto de exposición y, además, mejorar los servicios ya existentes (taquillas, cafetería, tienda de regalos, etc). Al final de la reforma, como las cuentas no salen, los administradores hacen el siguiente razonamiento: “Ya que hemos invertido tanto dinero, es justo que aumentemos un poco el precio de la entrada y, de paso, intentaremos buscar algunos inversores más para seguir creciendo”.
A partir de cierto punto es necesario que el museo justifique el precio de la entrada con algo más que “Las tres velas”, por lo que echa mano de esos nuevos inversores para comprar una o dos nuevas pinturas, que si bien se aprovecharán de las instalaciones recién construidas, igualmente deberán asegurarse. Además, la generosidad de inversores y filántropos (hago la distinción por el matiz que supone ser lo primero o lo segundo) no es a fondo perdido y exigirán que su dinero tenga algún tipo de repercusión en el mundo de la cultura.
Entonces ese pequeño museo del principio ya empieza a tener una envergadura considerable y entra en una dinámica de huir hacia delante: las deudas contraídas para pagar el primer cuadro, reformar el edificio y aumentar la plantilla se pueden cubrir en parte con las aportaciones privadas, pero es imprescindible aumentar el número visitantes para dar mayor publicidad a la institución y de paso recaudar más dinero. Esta situación puede reproducirse hasta el infinito: para ofrecer cosas nuevas se requiere capital y para atraer nuevo capital necesitas tener una buena base y mejores perspectivas. Ahora intentad imaginar que puede pasar si en vez de un cuadro tienes 5.000 y si en vez de pagar 5 millones de dólares por una tela pagas 15, 20 o 30 millones.
En tiempos de bonanza los museos (así como las empresas, los estados y las personas) aumentan significativamente su nivel de gasto, pues la coyuntura lo permite y todo el mundo está presto a dejar dinero. Las preocupaciones aparecen cuando un eslabón de la cadena decide cerrar el grifo y el resto, de inmediato, tienen que cerrar el suyo. Paradojas de la vida, la solución a la acuciante necesidad de liquidez del MOCA está en el mismo problema; y pasa por vender algunas de sus obras más reconocidas, por las que obtendrían una cuantiosa suma dados los precios del mercado. No obstante, los museos no suelen desprenderse de sus fondos a menos que sea para comprar una obra más importante del mismo autor, por lo que la opción más viable ahora mismo es su fusión con el Museo del Condado de Los Ángeles (LACMA), más saneado económicamente pero más conservador en sus gustos.