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El reflex d’un mirall. Part 1 / Txema Puchafreda
Et despertes, t’aixeques, vas al bany i et mires al mirall. T’adones que la persona que tens al davant no és la protagonista del teu somni.
No perds la calma i decideixes aturar el temps per pensar. Tindràs temps per inventar-te una excusa per no haver anat a la feina. Davant hi tens un tors fibrat i nu, i no saps perquè quan aixeques la mirada no li pots veure el rostre així que l’analitzes més acuradament.
Tres cicatrius recorren el teu pit, dues horitzontals i una vertical. Del coll et penja la medalla d’una verge, que reconeixes com a la que vas dur únicament el dia de la teva primera comunió, no entres en detalls sobre aquell dia.
Aixeques la vista i veus el teu rostre, però no el del present. Et mira fixament amb els ulls mig tancats. Duus el cap rapat i una barba descuidada.
- No ho facis – et diu el teu tu del mirall – o patiràs. Patiràs molt més del què estàs veient ara, del que et pots imaginar que he patit només veient-me. Et tornaràs boig i et suicidaràs.
Dels braços del mirall en raja una sang negra.
- Només et porto dos anys d’avantatge, així que no ho facis. No t’hi emmerdis, tens família i te’ls estimes. Tens feina i tens tots els números de seguir amb una vida completament normal, així que treu-te del cap la idea de matar-la.
Ara pots veure-la entre els llençols del llit. És bonica, intel·ligent i segurament serà la millor mare del món, però t’ha enganyat després de més de cinc anys de “t’estimos”.
La tornes a mirar i recordes el què havies parlat amb “La Parella” tres nits abans, quan li vas donar l’excusa de que t’havies deixat la carpeta al bar. Ella et va recordar que no li agradava que hi anessis i podries haver-la fet callar, però el que tens no és rencor, és odi.
- Tard o d’hora la gent començarà a mirar-te diferent i perdràs el què tens. Primer, la feina perquè no t’hi podràs centrar, Després els amics, t’hi discutiràs i no et voldran veure més. De la família te n’oblidaràs tu perquè estaràs tant sonat que la culparàs de tots els teus mals quan pretenguin ajudar-te.
Continuarà…
Un cuento de Navidad / Uri Martí
Pierre sabía que jamás olvidaría la noche en que apretó el gatillo de su fusil por primera vez. Su primer disparo fue tímido, imbécil, contra la oscuridad y su propia voluntad. La bala estalló sin ganas, silbó entre el frío, cruzó el pequeño lago donde dos semanas antes había ido a pescar con Mathieu Bonmartin, su recién ejecutado padre y se perdió entre los árboles del Fôret de la Folie. No alcanzó su objetivo: desconocido e invisible, aunque armado. Pierre no supo nunca que esa bala jamás llegó a impactar. Voló hasta que se le agotaron las fuerzas y quedó a merced de la gravedad, que la acunó entre los crisantemos de Jacques Poutillard, a veinte metros de la puerta de su casa.
Marie sabía que jamás olvidaría la noche en que su padre, Jacques Poutillard, la echó de casa. Monsieur Poutillard era un hombre extremadamente ordenado. Tan ordenado era que en su ordenada cabeza no cabía la desordenada posibilidad de que su hija de 19 años estuviera embarazada sin que él lo hubiera planeado. A Marie, paradigma de hija ejemplar, la habían violado siete meses antes dos hombres cuyos rostros su memoria se apresuró en eliminar. El día de la concepción Marie le contó a su madre las circunstancias en las que había dejado de ser virgen.
Temiendo lo peor e intuyendo la reacción de su marido a la noticia, Madame Poutillard encerró a su hija en su habitación y le impuso una falsa enfermedad para mantenerla alejada de los principios de su padre. Marie aprendió a disimular su embarazo y a volver a su cama antes de que su padre llegara.
La mañana de un sábado Pierre supo que su padre había muerto. A mediodía se despidió de su madre y por la tarde se alistó en la oficina de reclutamiento de Villeneuve-des-Arbisseaux, a treinta kilómetros de su casa. Por la noche le enseñaron a disparar aunque no dejaron que él lo hiciera ya que la munición no abundaba. Le habilitaron una litera en el teatro del pueblo junto a otros trece soldados. El sábado siguiente despertaron a Pierre y a sus compañeros a gritos, él no dormía y dudaba de que alguno de los demás lo hiciera. Aunque les separaban cuatro paredes y dos horas de camino del campo de batalla podían oír el ritmo de los fusiles de los dos bandos. Antes del amanecer de ese 24 de diciembre les dieron un vaso de sopa de cebolla caliente, les indicaron una dirección y les exigieron resistir.
Jacques Poutillard lo dejó todo a medias y corrió hacia su casa. Había escuchado disparos y aunque a desgana, sentía la necesidad de resguardarse en su hogar junto a su familia. En la puerta coincidió con Marie, que al igual que él acababa de llegar. Marie sabía que su encuentro no figuraba en los planes de ninguno de los dos así que instintivamente se cubrió la barriga con los brazos. Con ese gesto Monsieur Poutillard se percató del embarazo, le dijo a su hija que procurara que no volvieran a encontrarse jamás y le cerró la puerta de su casa. Marie no supo llorar, no pudo hacer nada más que dar media vuelta y volver sobre sus pasos para empezar una nieva vida. Se cruzó con los crisantemos que cuidaba su madre, se giró para intentar despedirse de ella pero no consiguió verla, aunque sintió como algo le acariciaba la nuca del mismo modo en que su madre lo hacía cuando ella tenía miedo. Eso le dio fuerzas para seguir el camino que la voluntad de su padre le había marcado. Tres pasos después Marie empezó a sentirse muy mal pero siguió caminando en línea recta sin darse cuenta que si seguía haciéndolo acabaría en medio de un tiroteo. A orillas del lago y bajo un roble rompió aguas.
El primer disparo le pareció a Pierre el inicio de una nueva vida. Pensaba que quizás había matado a alguien y el hecho de no haberle visto la cara a su primera víctima le volvió loco. Disparó como si en eso le fuera la vida, aunque no se equivocaba, de forma obsesiva, sin motivo, apretando el gatillo mecánicamente pero sin seguir ningún compás, e inducido por una ira provocada por el recuerdo de su padre y la posibilidad de que él también fuera ya un asesino. El instinto de supervivencia de Pierre, lejos de lo que él creía cuando se levantó y recibió el impacto de un proyectil en su oreja derecha le salvó la vida. Por suerte para él y para Marie, que ignoraba completamente lo que le pasaba a ella misma y a su alrededor, los oídos de Pierre permanecían intactos instantes antes y pudo escuchar los gritos de dolor de la joven. Sin saber el motivo y guiándose por quién sabe qué Pierre consiguió llegar al lado de Marie. La chica se había desvanecido, pero eso no fue lo que llamó la atención de Pierre, sino el neonato que gemía a sus pies. Pierre se puso de rodillas y lo cogió con un miedo más intenso que el que sentía con el fusil abandonado entre sus manos. Gritó “¡Es un niño! ¡Es un niño!” dejándose llevar por un sentimiento completamente diferente al que le obligaba a disparar del mismo confuso modo en qué ahora intentaba proteger
otras vidas. Poco a poco esos gritos fueron callando los rifles de ambos ejércitos, y de ese modo es que de ningún otro podía ser, las gentes de Villeneuve-des-Arbisseaux y de los pueblos vecinos pudieron disfrutar de una Navidad en paz.
Para no aburriros más, sólo os contaré que a Pierre le declararon inútil para la guerra por culpa del viaje de su oreja y su consecuente pérdida de oído. Con Marie y el pequeño Mathieu se fueron a vivir con su madre. Se casaron un sábado 22 de noviembre y el 8 de diciembre se fueron a vivir a París, dónde montaron una panadería gracias a la cuál pudieron vivir el resto de sus Navidades tranquilos hasta que murieron muchos, muchos, muchísimos años después.
La habitación de las 16 puertas. Segunda Parte / Uri Martí
Para leer la primera parte, haz clic aquí: La habitación de las 16 puertas. Primera parte.
Segunda parte de la transcripción de la grabación P1-08-7245-A/08 encontrada a 7 kilómetros al SE de Kvitok (Rusia). Estado: NO CATALOGADA.
*Entre paréntesis se indican los sonidos audibles.
“Estoy despierto. No consigo recordar nada. Todo sigue en su sitio. Me duele el pecho. No puedo respirar. Nadie ha entrado. Todo sigue igual. Me cuesta respirar. No me han drogado otra vez. No tengo marcas de nada. La boca me sabe a suelo. Huele a suelo. No veo ratas. Me gustaría ver ratas. Si hay ratas hay salida. Estoy sentado. He dormido y me he despertado. No he soñado, creo. El magnetófono. Lo he puesto a grabar. Así hablo con algo. Si no me v
uelvo loco. Quizás eso quieren. ¿Qué queréis, eh? ¿Qué queréis? ¡No os he hecho nada! No puedo respirar. Estoy nervioso. Me levanto. El magnetófono, me olvidaba del magnetófono. Caminaré con él. Así podré hablar con algo. Ya verás, vamos a salir. Ya verás. Puerta A4, puerta A4. Puerta A4 lleva a puerta C2. Ya verás, vamos a salir. Encontraremos la salida. Está en el pasillo A4C2. Ya verás. Y ya veréis vosotros. No puedo respirar pero ya veréis. Me duele la cabeza. Ya veréis. Saldremos y la que os espera. Encerrados aquí pero sin salida. Porque está en A4C2, lo sé. Creéis que sois muy inteligentes, ¿verdad? Haciendo salas con pasillos y sin salidas, creen que son muy inteligentes. Pero es imposible. Esto es imposible. Salir no es imposible. La salida está en A4C2. Lo sé. La linterna, se acaba la batería. A4C2, cinco giros a la izquierda, uno a la derecha. Dos, uno, tres. Trescientos cincuenta pasos. Entre los pasos ciento cincuenta y doscientos se oyen máquinas. Tiene que estar allí la salida. Cien pasos ya. Giro a la derecha. Estoy nervioso. La salida. Allí está la salida. Con las máquinas. Máquinas de tren. Para irnos lejos de aquí y después volver. Para encerrarlos. La batería. Pero tengo que ver. Tengo frío. Las máquinas. Siguen haciendo ruido, ¡están! ¡están aquí! ¡Aquí está la puerta! La puerta invisible de las máquinas del tren. ¿Lo oyes? Lo grabaré. Ruidos, ruidos. Máquinas, máquinas. Es el momento de recuperar la cordura, vamos a salir. Saldremos en los periódicos. Los del país. Y los de Marte. Y en Marte nos pondrán estatuas y quizás somos embajadores. Embajadores reales o así. La puerta invisible. ¿Dónde está? Tendría que estar aquí. No puedo abrir. ¡Eeeeeeh! Que tengo la puerta pero no puedo abrir. No nos oyen por el ruido. Va, que hemos encontrado la puerta, ya se ha acabado. Putos trenes. Que paren los trenes. Iremos en tren. Me gusta el tren. Siempre voy en tren. Iré en tren a partir de ahora. Iremos a Moscú en tren. Y en Moscú cogeremos un cohete y a Marte. ¡Eeeeeh! ¿Podemos salir? Hemos ganado, hemos encontrado la puerta pero no se abre. Me duele todo. No hay que descansar. Descansar, morir, descansar, morir, descansar, morir, descansar, morir. No se abre la puerta. Una palabra, a veces hay que usar una palabra. ¡Tren! No es tren… ¡Quiero salir! ¡Quiero salir! ¡Quiero salir! ¡León! ¡Gato! ¡Perro! ¡Nuez! ¡Arlequín! Quizás es en francés. Sí, seguro que esto es el invento de un francés. A los franceses les gustan estos juegos. ¡Pomme! ¡Russie! ¡Chien! ¡Canon! ¡Pygmée! La batería, se ha acabado la batería de la linterna. ¡Eeeeeeeh! ¡Ya no podemos jugar! ¡No hay luz! Ahora nos abrirán ya verás. Abrirán la puerta, saldremos y nos darán algo para comer. Y agua. Y vino y quizás dos mujeres porque lo hemos hecho muy bien. Hemos ganado el juego. ¡No tenemos luz! ¡Abrid la puerta! Creían que no podíamos pero somos los mejores. No nos oyen por las máquinas. El revólver. Claro. Es para esto. Para avisarles (DISPARO). ¡Abrid! Si me disparo tendrán que abrir porque verán que me he hecho daño y no puedo seguir aquí. Sería de locos (DISPARO). ¡Eeeeeeeeh! ¡Abrid! ¡Me duele! ¡No! ¡No me duele! ¿Me duele o no? No mucho, pero no veo nada. Si me muero abrirán. Tú graba, ¿vale? Y así verán como hemos salido. Hemos ganado. Y nos harán estatuas. En Marte. Y en Moscú. En Moscú una grande. ¿Me oís? ¡En tres segundos hay ganador! ¡Tres, dos, uno! (DISPARO).
Fin de la transcripción.
La habitación de las 16 puertas. Primera parte / Uri Martí
Trascripción de la grabación P1-08-7245-A/08 encontrada a 7 kilómetros al SE de Kvitok (Rusia). Estado: NO CATALOGADA.
“E
stoy en el sitio más macabro de la tierra, si es que esto no es el infierno, que tampoco me extrañaría. No sé ni quién soy, ni cómo me llamo. No sé qué cara tengo. Tampoco sé dónde estoy ni el propósito de este experimento o esta tortura, lo que quiera que sea todo esto, pero creo que no he llevado una existencia tan dañina para nadie como para merecerlo”.
“Me produce una sensación de extrema extrañeza y angustia no poder recordar quién soy, mi nombre o cómo he llegado hasta aquí. No he podido encontrar ninguna pista sobre mi identidad ni los motivos por los que estoy encerrado, sin duda no por voluntad propia. Temo mucho que me hayan drogado, aunque sólo me duele la cabeza. Tampoco he sabido encontrar nada donde reflejarme, por si la imagen de mi rostro me ayudara a recordar algo”.
“Todo ha empezado hace muchas horas. No sé cuántas, uno aquí no tiene noción del tiempo. He despertado en la habitación en la que ahora me encuentro. Es una estancia construida en su totalidad con bloques de piedra. No hay aberturas al exterior. No sé si es de noche o de día. Por la humedad y el aire, cargado, hasta cierto punto asfixiante, deduzco que estoy varios metros bajo el suelo”.
“Sólo veo piedras unas encima de las otras formando una habitación cuadrada, uniforme. Tiene dos metros de altura y dieciséis aperturas en forma de puertas, cuatro a cada lado, un poco más bajas. Las separan unos muros, hechos con los mismos bloques, de unos veinte centímetros de ancho. Ninguno se mueve. Hay aperturas ubicadas caprichosamente en el suelo y el techo, del tamaño de un puño, por las que entra oxígeno desde el exterior, aunque no hay rastro de luz”.
“Cada puerta da a un pasillo, todos de una longitud diferente. Después de realizar varias comprobaciones puedo asegurar que son ocho los pasillos que hay, con origen y final en alguna de las dieciséis puertas. No siguen ningún patrón. Por tanto, de esta sala, de entre diez y doce metros cuadrados, parten ocho caminos con común destino, la misma habitación”.
“He recorrido cada pasillo más o menos cincuenta veces para constatar que no parece que haya puerta alguna por la que haya podido entrar aquí, y lo que me preocupa más, salir. Dependo de alguien, no sé de quién, que seguramente es el que me ha conducido hasta este sitio. Y de momento no me ha dado pistas sobre qué tengo que hacer ni cómo voy a salir de este lugar”.
“Sea lo que sea este lugar no me gusta. Y menos ahora que he encontrado el revólver. Es
taba en la caja al lado de la linterna con la que he descubierto dónde estoy. La perspectiva de no estar solo aquí y que pueda tener que defenderme de alguien o de algo no es muy alentadora. Cada vez tengo más miedo. Pero por suerte de entrada descubrí el magnetófono que me da el punto de cordura necesario para aguantar con más o menos paciencia la situación el tiempo que haga falta”.
“Empiezo a tener mucha sed y el aire cada vez es más difícil de respirar, o eso es lo que me parece a mí. No debería hablar pero si paro me volveré loco. Estoy recorriendo por enésima vez uno de los pasillos más largos y oigo algo. Parecen ruidos de máquinas en funcionamiento, aunque no percibo nada relacionado con la presencia de otra persona o ser vivo, ni dentro de la ratonera ni fuera de ella”.
“Estoy hecho polvo. El cansancio no me lleva a estar más tranquilo aunque voy a intentar echarme para reposar unas horas. Las baterías de la linterna dan los primeros síntomas de estar agotándose. Espero que cuando abra los ojos, algo haya cambiado”.
Fin de la primera parte de la transcripción.
El cec de Pionki / Urí Martí
He revisat les meves notes i no m’agraden. Estic assegut a la taula del fons d’un bar del Gòtic. És abril. Tarda-nit.
Penso en París i en el meu amor. L’amo fa tot el possible per fer-me fora subtilment. M’ha pres el descafeïnat que m’ha portat fa una hora i m’ha dit que convida la casa. Ara apaga les llums i desconnecta la màquina escurabutxaques. “Cierro”, m’espeta. Com si no fos evident. Li remugo alguna cosa qüestionant la reputació de la seva mare i evito mirar-lo.
- Noranta-vuit, noranta-nou i cent! – crida un home gran, borni, calb i amb barba. Me n’alegro que en el seu moment hagi pogut anara l’escola o que disposi d’una connexió ADSL en condicions. Ambdues experiències em manquen. Tot i això duc a la meva carpeta rosa els plans per iniciar la IV Guerra Mundial i a la butxaca la primera moneda d’euro encunyada pel Banc Central de Bulgària. Amb una mica de sort se m’obriran totes les portes.
Espero el meu contacte, el cec de Pionki. Òbviament seré l’encarregat de dur a terme el reconeixement mutu i iniciar les negociacions.
Un dels meus tòpics preferits és que amb l’excitació no s’hi guanya res, així que m’ alegro de no ser al costat de Joanna Krupa en aquests moments en què el cec entra en escena amb dues bosses plenes de rap de la boqueria, una a cada mà. No puc evitar la temptació de fer-li la traveta com a forma de salutació cordial entre dos vells camarades. Es fa l’ofès d’una forma força convincent fins que l’informo de qui sóc i del contingut de la meva carpeta. Li demano disculpes per no haver-ne pogut acabar la traducció al braille a temps, i em contesta que ell només és l’intermediari.
Em dóna un paper escrit en ciríl·lic i m’adverteix que els dos amics han canviat de forma de pensar de mig any ençà. No perdo l’esperança. Aturo un taxi i hi pujo. Li dic que si arribem al cau dels músics en menys de vint minuts li presentaré la meva sogra, que regenta un pis d’estudiants universitàries que es paguen la carrera i el lloguer a costa de vendre el seu cos a degenerats com ell i li asseguro que el tractaran com un rei. M’adono que no haver anat a l’escola pot ser una de les causes de la meva ignorància quant als carrers de Barcelona, i un trajecte de minut i mig a peu el faig assegut còmodament un quart d’hora en companyia del meu nou amic, que no sap que no estic casat. Em cobra nou euros per la carrera i 22 en suplements. Li pago amb un bitllet de cinquanta, li agraeixo la seva professionalitat i li dic que es quedi amb el canvi. Li regalo un ram de nenúfars.
Les vacances al cau dels músics havien durat més de les dues setmanes previstes, però tot i això vaig trobar-lo obert. Un home de raça negra i accent moscovita em va saludar afectuosament i em va convidar a seure i beure alguna cosa. No em venia de gust res, però davant la seva insistència li dic que prendria encantat catorze cacaolats i un vodka rebaixat amb l’aigua que haguessin fet servir per fregar el terra. Tot sigui per quedar bé. Comença a riure, elogia el meu sentit de l’humor i em serveix un got amb l’aigua que han fet servir per fregar el terra. Li dono les gràcies. Alfred Lanning seu al meu davant i encén amb cura el seu cigarret.
- Què m’has de dir, fill?
Els ulls se m’omplen de llàgrimes, l’abraço i l’omplo de petons fins que m’informa que tot és un malentès. Per si de cas mantinc la meva mà sobre la seva, però m’adverteix que si no el deixo estar em trencarà tots els ossos, m’arrancarà la pell i en farà una corbata pel seu gos. El deixo estar i em bec el contingut del got que l’amable tutsi d’Stalingrad m’ha portat.
Em prenc una de les píndoles que m’ajuden a comportar-me de forma menys folla i em fan veure com n’és d’absurda i inepte la resta de gent quan torno a pensar en París i la guerra. Instintivament giro el cap i veig el meu amor a la porta de la seva oficina, ordenant alfabèticament la seva col•lecció de discmans segons el nom del carrer de la botiga on els hagués comprat.
Només veure’m, em diu que se’n torna a Hiperbase. Penso que deu ser l’after de moda i em compadeixo d’ella per no adonar-se que, si és que encara està obert, la happy hour haurà acabat. Alfred Lanning espera la meva resposta.
- Tampoc era això, -li explico- crec que la guerra haurà d’esperar i tu ja tens una edat. Alfred Lanning tenia un cos atlètic, era un líder nat però havia nascut feia 23 anys. Segur que el vell borni i coix que m’havia trobat seria més eficaç. Almenys ell m’havia demostrat que sabia comptar fins a cent. Vaig agafar la carpeta i li vaig calar foc.
Corro a l’estudi del coordinador i la llenço a la seva xemeneia, una curiositat medieval. Lanning, el coordinador i el negre, a qui a partir d’ara anomenaré Dimitri, comencen a copejar-me i no sembla que pretenguin aturar-se fins que m’hagin deixat sense vida. Accepto agraït la seva pallissa pensant en que tot el mal que em puguin fer no arriba a una tercera part del que patiria el món amb una altra guerra. M’adono que em convertiré en un màrtir i recito en hebreu les darreres paraules de Saddam Hussein.
Penso en París i en el meu amor i en la vida que m’espera un cop hagi ressuscitat d’aquí a tres dies. De sobte tot es fa fosc i m’adono que m’havia equivocat de píndola.
No he tornat a veure el meu amor mai més. Va morir el mes passat, a l’edat de vuitanta-dos anys. Ara fa just un minut ha començat l’hivern a Ohio.
Pravda! o Los trece de Nevel’skaya / Urí Martí
No pienso deciros mi nombre ni contaros quién soy. Y ya os advierto que seré breve, para más detalles esperaré a que me llame una editorial que pague bien. Quizás pensaréis que tengo miedo y os respondo que no, lo que pasa es que hace demasiado tiempo que tengo una vida tranquila y me he acostumbrado a ella. Me gusta. Amigos, la razón de ser de esta descuidada introducción es contaros una historia que pocos recuerdan, y de la que nadie sabe la verdad.
Todo empezó en junio de 1959. En aquél tiempo se me conocía por el nombre que me dieron mis padres. Ese año me licencié en biología con la segunda mejor nota de mi promoción en el Instituto de Ciencias II de Moscú. No perdáis ni un segundo en intentar saber quién soy a partir de estos datos, nunca terminarán de informatizar el archivo. En agosto de ese año uno de mis profesores, el doctor Fajnov me ofreció ser su ayudante en un proyecto de investigación en Kvitok. Trabajar en Siberia no era el sueño de mi vida, pero me brindaron unas condiciones inmejorables y un sueldo con dos cifras más que el de la mayoría de los camaradas, así que decidí aceptar.
Ahora cambiaré de tema, no seáis impacientes que pronto llega lo bueno. Cuatro años después de que yo llegara a Kvitok, los periódicos locales se hacían eco de un suceso, o una serie de, que llamaron “El caso de los trece de Nevel’skaya”. Desde el 15 al 26 de julio del empalagoso 1963 se hallaron en la región los cadáveres, despedazados e incompletos, de seis hombres, cinco mujeres y dos niños. El affaire tuvo en su tiempo algo de relevancia, que acabó desvaneciéndose a las tres semanas de que ningún lugareño muriera en circunstancias peculiares. El 28 de ese mes, Yuri Chujnenko, transportista ucraniano, moría en un accidente al volante de su camión cerca de dónde se encontró el último cuerpo. Ni se imaginaba que se convertiría en un mártir para la humanidad: atropelló a Lyubovnitsa.
Volvemos al 59 y a lo interesante. No recuerdo qué día llegué a Kvitok, pero sí que la mañana siguiente el doctor Fajnov me contó detalladamente porqué nuestro laboratorio estaba oculto en el sector K de una cárnica. Era un proyecto secreto, sólo nosotros dos trabajaríamos en él. Estuve llorando de alegría varios días, si todo iba bien ambos nos convertiríamos en héroes de la Unión Soviética. A mi edad era normal, acababa de salir de un instituto en el que me habían enseñado a querer a mi país más que a mis padres, y como buen patriota servir al Partido en algo de semejante envergadura era lo más cercano a entrar en el olimpo soviético.
Durante cuatro años jugamos a ser dioses y creamos a Lyubovnitsa, nuestra súper bestia antropófaga e invisible. Créetelo hermano, aunque ya puedas jugar en la estepa tranquilo. Lyubovnitsa nació siendo un lobo hembra a la que capturaron cerca de nuestro laboratorio a los dos meses de vida. Convertir a un cachorro en una máquina de matar era nuestra labor, que debía contar de tres fases las cuales llevamos a cabo según nuestras posibilidades y prioridades. Hasta que llegó su primer cumpleaños le estuvimos suministrando fármacos que le proporcionaron el vicio de matar además de un tamaño monstruoso. El último día que estuve con ella, Lyubovnitsa medía casi un metro y medio de altura y pesaba 149 kilos.
Los dos años siguientes conseguimos dotarla de invisibilidad a partir de compuestos químicos cuyo secreto el doctor Fajnov hizo bien en llevarse a la tumba. Durante la tercera fase, en la que debíamos suministrarle hormonas y antibióticos para que fuera casi inmortal, el proyecto se canceló por el pacto con los americanos y nuestro presupuesto se desvió hacia la carrera espacial.
Lyubovnitsa tenía una misión: sería la primera criatura rusa en atentar en territorio estadounidense. Enviarían a la bestia a nuestros nuevos aliados de Cuba, quiénes la embarcarían en un carguero con falsa bandera panameña y la trasladarían a Florida. Allí actuaría en un aeropuerto (el primer objetivo era Sarasota), destrozando y comiéndose a quién le apeteciera. Las consecuencias de la aventura americana de nuestra loba, al contrario que su culpabilidad, no pasarían inadvertidas y el hecho alcanzaría magnitud nacional e internacional. Como los ataques se repetirían, el país viviría sometido por el miedo y esta inseguridad provocaría que tuvieran que cambiar de prioridades y dedicarse a intentar proteger el país. Dada la naturaleza de nuestra agente en los Estados Unidos les sería imposible y nosotros nos comeríamos el mundo mientras los yankis intentaban cazar fantasmas.
No tengo que explicaros nada más. Al renunciar al proyecto, el laboratorio quedó abandonado hasta que un día algún trabajador de la cárnica demasiado curioso empezó a abrir puertas en el sector K, incluida la de la jaula de Lyubovnitsa. El resto es fácil de deducir. A más B igual a C, o a trece muertos.
El año siguiente Nikita Khrushchov se acordó de Fajnov. En agosto de 1964 recibí una postal del doctor desde Brasil en que me contaba que iba a pasar el resto de su vida viviendo de administrar su patrimonio en una casa en la playa de Copacabana. No la había escrito él, no era su letra y sabía que dos meses antes alguien le mató en su despacho de Moscú. Por suerte el mismo día advirtieron a Fajnov de que le buscaban ya que justo antes de ser asesinado apagó la hoguera en que ardió todo lo relacionado con Lyubovnitsa y sus descubrimientos acerca de la invisibilidad.
A mí nunca me molestaron. Una vez se canceló el proyecto me dieron una nueva identidad y me empezaron a pasar una pensión extraordinariamente generosa por mi silencio. En 1981 el Partido se olvida de ir al banco, pero no digo nada, puedo seguir con mi vida gracias a lo que no me he gastado durante casi veinte años de pensión.
Hoy soy un viejecito y como tal quiero morir sin remordimientos. Este verano volví a Kvitok y pude hablar con el hijo de uno de los trece, con quién solía beber vodka hasta perder el sentido en mis días libres. Siberia es un lugar aburrido. No tuve valor para contarle la verdad pero pude hablar con él sobre el caso. Me contó que nadie, ni un solo funcionario se acercó al pueblo para darles el pésame y mucho menos una compensación. La investigación de las muertes por parte de la policía nunca se llevó a cabo. Quizás nuestros jefes tenían miedo de que alguien descubriera lo que realmente sucedió, aunque nunca me ha gustado reflexionar sobre este aspecto.
Se olvidaron de ellos al igual que hicieron conmigo veinte años después. Las cosas me han ido bien pero esas trece familias se merecían algo más aunque ahora nadie puede hacer nada por ellos. Mi último deseo es vivir (y sobretodo morir) tranquilo lo poco que me queda, y eso no pasará hasta que en Kvitok y Nevel’skaya sepan la verdad.